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sábado, 22 junio, 2024
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Rosario: la realidad cotidiana después de los asesinatos aleatorios

Desde Rosario

Entre que la gente no tiene un mango, la lluvia y los asesinatos, con 61 años y 22 arriba del taxi… nunca antes había visto este lugar así, tan triste”. Con “Este lugar”, Alejandro Luco se refiere a Rosario, la ciudad donde nació, de la que no se movió jamás, y cuyo mapa tiene completo en la cabeza. Luco vivió en muchos barrios. La transitó como comerciante, mozo y taxista. Se jacta también de conocer “todos sus circuitos”, entre otros motivos, porque fue íntimo amigo de Leonardo Peiti, imputado por manejar el juego clandestino en varias ciudades santafesinas. Y aun así, con tanto recorrido, asegura que nunca había tenido, como ahora, miedo arriba de su auto.

La ciudad a la que alguna vez le prometieron que llegaría a ser “la Barcelona latinoamericana” por estos días se va a dormir temprano. Los negocios bajan sus persianas a medida que baja el sol, la circulación de transporte se va apagando y las calles quedan semivacías alrededor de las 20 horas. Fue, en paralelo, una semana de puesta en escena con anuncios rimbombantes de los ministros de Seguridad y Defensa sobre la “guerra sin cuartel al narcotráfico” y despliegue efectivos del gobierno nacional (Gendarmería, PSA, Prefectura y Policía Federal) y vehículos militares como refuerzo.

“Es un Estado de sitio decretado por la gente”, se escucha por las calles del casco histórico, que estuvieron pasaron paralizadas. Rosario viene de pasar más de cuatro días sin transporte, ni colectivos, ni taxis, ni nafta.

No hubo ni clases, ni marcha por el 8M, que se pospuso para el sábado 16, y ayer finalmente volvió a suspenderse por las inundaciones. Está en un estado de letargo por los paros en respuesta a cuatro crímenes al azar: en menos de dos semanas, asesinaron a dos taxistas (Héctor Raúl Figueroa y Alejandro Celentano), un colectivero (Marcos Daloia) y un playero de 25 años (Bruno Bussanich). Lo que cambió es que “esta vez mataron trabajadores”

Cuidad tomada

Un falso toque de queda todavía la atraviesa, y sus ciudadanos se dividen, por lo menos, entre los que dicen seguir de luto (pero, como el taxista Alejandro Luco, tienen que volver a trabajar). Por otro lado están quienes dicen que en verdad la resolución de disputas a los tiros son parte de su paisaje diario.

La pregunta que circula por los barrios residenciales y céntricos de Rosario es: ¿A qué ritmo podría irse corriendo la frontera de “lo matable”, es decir, las zonas liberadas para dejar mensajes mafiosos y el “tipo” de víctimas? ¿En cuánto tiempo los crímenes aleatorios, llegarán a Pichincha, zona de turismo, restaurantes y bares coquetos?

La segunda pregunta, en profundidad y a largo plazo (y para todo el país), es: ¿En qué momento se naturalizó que una de las tres ciudades argentinas más importantes esté «tomada» por un entramado donde se funden las bandas (que se disputan la venta al menudeo y delitos asociados) y el papel de regulación que desempeñan la policía, el poder judicial y el político?

Narco-show

“¡Tampoco te vas a esconder cada vez que escuchás una moto! Tratás de bajar los decibeles, tenés que seguir haciendo tu vida, te volvés loco si no. Me molesta el sensacionalismo. Desde el show de la Bullrich hasta los titulares como ‘¡Rosario sangra!’. Se redujo el movimiento nocturno, sí, pero seguimos con la vida. Los canales de allá sólo miran para acá cuando algo explota y para hacer show”, dice un mozo del bar El Cairo, emblema gastronómico y cultural de la ciudad.

Hasta ahora cada vez que te enterabas de que se mataban entre ellos, festejábas, pero esto es diferente. Cuando mataron al primer taxista todo el mundo pensó que estaba metido en algo… pero enseguida mataron a otro. Después al colectivero, después, el playero… tan jovencito. Ahí a la ciudad le cayó la ficha. Empezó el luto”, dice otro conductor que prefiere que no se publique su nombre.

¿Un posible disparador?

Los testimonios al paso y los de los expertos coinciden: la escalada de violencia tiene que ver con la ruptura de acuerdos entre las bandas y el Estado provincial, con una interna policial incluida.

Se menciona, además, un hecho como posible disparador de la respuesta de las bandas, que incluyó los asesinatos, la comisaría baleada y notas de amenazas en escuelas y centros de salud: desde las redes sociales oficiales, exhibieron a presos con el torso desnudo y alineados en el piso, “a lo Bukele”. Las imágenes, difundidas como trofeo por el gobernador Pullaro -alineadas con el estilo Bullrich, fan confesa del presidente de El Salvador-, habrían desatado la furia en los clanes. 

La foto «a lo Bukele» que habría avivado la disputa

Y fueron demasiado hasta para Bukele (el mandatario que ha convertido a su país en el de mayor población carcelaria del mundo) ya que trascendió que el ministro de Seguridad salvadoreño Gustavo Villatoro llamó a Bullrich y le dijo que había sido «un error muy grave lo de la foto”.

El episodio se inscribe en una historia de espectacularización de la cruzada antinarcóticos. Casi siempre la misma escena (a la que Myriam Bregman se refirió alguna vez con la metáfora del orgullo por «la foto con los 25 porros”): «narcos» que viven en asentamientos precarios reducidos por uniformados. La caza de los últimos eslabones de una cadena.

Los contrastes de Tiro Suizo

La percepción de la realidad rosarina cambia según el barrio en el que se viva. En los barrios de periferia aseguran que las balaceras y las muertes de jóvenes, descartables, son cosa de todos los días.

Tiro Suizo supo ser un barrio donde la élite practicaba tiro, a sólo cuatro kilómetros del centro. Lo que le dio el nombre fue el club, que todavía existe. La zona se fue poblando, y creció ocupando las orillas de la vía, con casas muy precarias, calles con trazado anárquico. La expansión del barrio dividió al club en dos.

Daniel Sequeira es oriundo de Tiro Suizo y conoce todos los detalles de su historia. Es panadero de día y taxista por la tarde, es además referente de la zona, peronista pero en “muy buenas migas con otros sectores políticos de izquierda y militantes de base de verdad”.

Es él quien relata la transformación del club Tiro Suizo, que funciona como una maqueta en pequeña escala de la desigualdad de Rosario. Hoy el club está dividido por una calle que lo atraviesa y dos paredones. De un lado quedó la parte que guarda alguna relación con ese pasado jet set (se practica tenis, tiro y natación) y del otro lado funciona un sector “para los negritos, donde sólo hay fútbol”.

Las calles de Tiro Suizo por estos días alcanzaron el podio de la estigmatización, por haber sido escenario de la muerte del taxista Héctor Figueroa. Es uno de los lugares donde operan “Los gorditos” (señalados como responsables de ese asesinato), una banda que trabaja en alianza con otra más grande, Los canteros. Los gorditos están a cargo de los búnkeres, vigilados por soldaditos (carne de cañón del narcomenudeo, generalmente adolescentes, que cuidan el punto de venta). 

El último eslabón

Cecilia Córdoba interrumpe su triple jornada laboral (como madre, docente y referente barrial que sostiene el comedor del Centro Comunitario Fuerte Apache) para hablar con Página12.

Abre las puertas de su casa, que sobre una cortada, a la que se accede atravesando calles inundadas, algunas, con el ancho de un pasillo en el que apenas entra un auto, entre pilas de escombros, barro, y restos de basura. Cecilia trabaja en el centro comunitario Fuerte Apache, donde hace 25 años se cocina con carbón y el menú es casi siempre guiso. Ahora que cortaron los suministros, el menú, la gran mayoría de las veces. es arroz con leche. 

Dos semanas antes este misma zona fue escenario del femicidio de Ayelén De Marco, aparentemente asesinada por un soldadito que había sido su pareja. Cecilia recibe a este diario mientras se prepara, junto a otras mujeres del barrio, para asistir a una indagatoria por este femicidio.

A lo largo de la conversación Cecilia da cuenta de hasta qué punto, acá, el Estado sólo llega en su versión represiva. Y también relata de qué formas los llamados “narcos” participan de la vida comunitaria de modos que no son necesariamente son los que de manera automática, desde afuera, se asocian a El patrón del mal.

Para Cecilia no todos los habitantes de los barrios populares tienen la misma mirada hacia quienes participan del narcomenudeo. Y es una experiencia distinta de la que pueden tener quienes viven en el centro o barrios acomodados.

La vida entre balaceras

Tampoco ofrece un relato simplista o ingenuo: asegura que los sectores trabajadores (los del transporte, educativos, etc.) están siendo amenazados a través de mensajes mafiosos y están aterrorizados ahora, mucho más que antes. “Pero lo cierto es que nosotros venimos viendo las muertes, una tras otra. Las chicas, por femicidio. Adolescentes, cada vez más chicos, que mueren por balaceras”. El país de pronto enfocó su atención sobre el narco-show de Rosario, pero esto “es parte de nuestra realidad cotidiana desde hace años”.

Para Cecilia el problema es que lo único que parece como solución es “poner más policía en la calle, y eso se traduce en más chicos como blanco de gatillo fácil y detención arbitraria”. Relata que esos soldaditos, los pibes que están en los búnkeres, son chicos del barrio, a los que todos vieron crecer, y que lo hacen por desesperación. Su vida no tiene valor, son el último eslabón de la cadena.

Todas las dimensiones de la vida del barrio están entrelazadas con los “arreglos”, entre el narcomenudeo y la policía, cuya participación va desde hacer la vista gorda a directamente regular el negocio.

Soldaditos y policías

Otra vecina del barrio, que prefiere mantener su nombre en reserva, va más lejos y da a entender que a ella le generan más confianza algunos “narcos” del barrio que la propia policía. “Donde hay narcos no va a haber hechos delictivos, a no ser que la cosa se descontrole. Lo que sí puede pasar es que haya internas entre ellos. Las balaceras pueden ocurrir si alguno de otro barrio interfiere. Hay códigos de no atacar a la gente del lugar”.

En muchos de los Centros Comunitarios (donde funcionan salitas de auxilio, comedores, apoyo escolar) también funcionan pequeños búnkeres. Todo el barrio conoce dónde están (“mirá, ese pasillo, a la izquierda”, “atrás de ese portón azul”) y a qué chicos “ponen” adentro, a qué chicos “ponen” para vigilarlos. Así como sucede en otros países, acá también son frecuentes los gestos para congraciarse con la gente del barrio. Por ejemplo, a los festejos callejeros por el Día del Niño en Tiro Suizo, si bien, las que los organizan son las vecinas, los «narcos se ofrecen, año a año, a comprar juguetes nuevos para regalar».

Cuevas, hormigueros y finanzas

“Nadie va al hueso de caracú”, dice Tito Jaimes con un vaso de vino en la mano, mientras su pareja amasa. “¿Qué es el narco? Un negocio que mueve mucha plata. ¿No es sospechoso que nadie, ni los medios, ni la justicia, se ocupe de ver quiénes son los que manejan la plata? Y sin embargo, se conoce. Patricio Carey, el dueño de la financiera Cofyrco, a quien se investiga por lavado, en una causa que ahora tramita en la Justicia Federal, es uno de los pocos casos de este tipo”, dice Jaimes, sobreviviente de la dictadura y referente del barrio La guardia, lindero con Tiro Suizo.

“Todo el mundo sabe que los edificios de Puerto Norte (se refiere a una serie de torres monumentales, con vista al río, que permanecen vacías casi en su totalidad) los hicieron los narcos y fueron habilitados muy en conocimiento de esto por el gobierno municipal”, dice Tito Jaimes.

“Entiendo a la persona que hoy sale a hacer las compras muerta de miedo. Pero estamos tan bombardeados por eso que no nos detenemos a pensar en quién maneja la plata. Un funcionario dijo el otro día ‘en vez de agarrar hormigas tenemos que ir al hormiguero’. Pero el hormiguero no es la cárcel… el hormiguero son las finanzas.”

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