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jueves, 20 junio, 2024
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«Nos daba hasta vergüenza decir que estábamos vivas»

«Nosotras en libertad», el libro que cuenta las historias y el presente de ex presas políticas

En la cárcel de Devoto más de 200 presas politicas empezaron a tejer en los años 70 una trama de afecto y afinidad política que hasta hoy mantienen, y que ahora tomó forma impresa.

Más de doscientas militantes de distintas organizaciones gestaron Nosotras en libertad (Ed. Caravana), sobre sus experiencias y reflexiones post cárcel. Son ex presas políticas que coincidieron algunos años antes (y durante) de la dictadura en los pabellones de Devoto. Las coordinadoras de la edición, Silvia Asaro, Isabel Ecker, Berta Horen y Estela Cereseto, conversaron con Página/12 sobre este proyecto que las llevó a recorrer el país y en el que eligieron hablar fundamentalmente de los caminos personales y políticos que emprendieron ya afuera.

Durante la pandemia, les fueron proponiendo escribir un artículo a cada compañera (hay voces de todas las regiones del país). No hubo muchas más directivas que la consigna de escribir lo que quisieran, pero siempre a partir de la liberación. Eso no quiere decir que no se mencionen anécdotas del encierro y las circunstancias que las llevaron a él, pero sí que el foco está en lo que armaron después en sus vidas laborales, familiares, amorosas, y en sus trayectorias políticas.

Trabajar (la mayoría, con poco CV por razones obvias), reencontrarse (¡sin redes sociales!), votar (una experiencia, para varias, nueva), y reinsertarse en la democracia recién recobrada, en tiempos en los que el setido común estaba dominado por la teoría de los dos demonios… Hablar sobre la libertad les pareció importante también para disputar un significante que hoy está particularmente en tensión.

La reinsersión

Silvia Asaro pasó su infancia en Trelew. Cuando fue la masacre en el 72, tenía 19 años, y todo eso la impactó profundamente. Sus padres habían muerto y vivía sola en un lugar que pronto se volvió centro de actividad politica, de ensayo del grupo de teatro al que pertenecía, habitación de paso para quienes pasaban por esa ciudad patagónica.

En el 75 había un grupo de compañeros viviendo en su casa. Los allanaron y los apresaron a todos. Nunca tuvieron causa. Pasaron un mes en la comisaría de Rawson. Ahí Silvia conoció a su amiga Estela (Cereseto). De ahí la trasladaron a Devoto. En el 81 salió con libertad vigilada. Cuenta en el libro que no fue tan fácil volver afuera, como lo había imaginado. Y que la libertad, por ser vigilada, no era total: tenía restringida la circulación a cierta cantidad de cuadras a la redonda. Lo vivió como «retorno a la vida» pero también dice que «se necesitaba coraje para esta nueva etapa». Coraje para lidiar con la mirada ajena pero también con un mundo exterior que no era el mismo que habían dejado al caer presas.

El mismo día en el que dejó Devoto se subió a un micro y volvió a su ciudad. Pero siete años después, ya nada era igual en Trelew. Se habían desteñido amistades y sentimientos: «No me esperaban con ‘los brazos abiertos’ y muchos conocidos no lo eran tanto ahora. Los meses de libertad vigilada le dieron un raro reflejo a mi vida”. Apenas levantada esa restricción volvió a Buenos Aires a porque quería reencontrarse con otras ex presas.

Se fue a vivir a una «pensión de cuarta» por la zona del Luna Park. Compartía el cuarto con otra compañera, La Negrita, una tucumana. Y el espacio era tan chico que bromeaban con volver a estar presas nuevamente. Se fueron contactando con otras compañeras e inventaron una fuente de trabajo para sobrevivir a los 80: se pusieron un kiosco 24 horas.

Isabel Ecker recuerda que era difícil hablar del tema en esos primeros años afuera, incluso ya entrada la democracia. En la escuela de su hijo por ejemplo le costó mucho contar que había estado presa. Su niño (que hoy tiene 50) lo supo desde siempre, esa etapa había marcado la historia del vínculo.

También, todas coinciden en que había mucha diferencia en cómo se vivía esa reinserción en una ciudad como Buenos Aires, cosmopolita, más anónima, que en un pueblo chico. «Estábamos en plena teoría de los dos demonios. No lo contabas tan abiertamiente, sólo si percibías algún indicio de que del otro lado iba a haber buen recibimiento de tu historia», dice Ecker.

«Salir era un proceso. Nosotras también con el tiempo nos fuimos sintiendo con más derecho a darnos a conocer. Al principio incluso, y hasta no hace tanto, nos daba hasta vergüenza decir que estábamos vivas, que no nos habían desaparecido«, recuerda Estela Cereseto, quien fue apresada en Comodoro Rivadavia, trasladada a Devoto, sin causa y a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, y que después de tres años pudo salir a España con “La Opción”, que era un derecho contemplado en la Constitución por el cual los detenidos políticos, si el gobierno los autorizaba y otro país los aceptaba, podían dejar el país. Los presos comunes le habían contado su cábala: «No mires para atrás. Si cuando salís, mirás para atrás, volvés a la cárcel». Y eso hizo.

Cárcel de Devotgo. Crédito: Télam

En 1984 volvió del exilio en España y se presentó en la Facultad de Medicina de La Plata para reclamar por su derecho a terminar la carrera. Habían pasando 10 años desde su última cursada y había perdido la regularidad. Le llamó la atención lo rápido que aceptaron su pedido. Luego se enteró: había una disposición nacional para que todos aquellos que habían tenido que abandonar por ser perseguidos políticamente pudieran retomar: «Otros ya habían luchado antes por eso». En 1988 pudo recibirse de médica. «Sin embargo estaba muerta de miedo con mi delantal blanco. No me sentía capacitada y me parecía que el título me quedaba grande. Nunca me había animado a hacer guardias, como otros compañeros, que se entrenaban antes de recibirse».

Durante el trabajo de edición de Nosotras en libertad se dieron cuenta de que al salir todas habían seguido trayectos para incidir en la realidad: transformar la familia, el lugar de trabajo, la vida gremial. Sin idealizar y ni dejar de contar alquellas cosas que por estar en la cárcel se perdieron, quisieron trasmitir el testimonio de una generación «que buscó transformar la realidad, incluso a costa de dejar otras cosas que también nos eran importantes».

La mayoría se dedicó a trabajos, rentados o no, en derechos humanos, en educación, proyectos de colectivos culturales. «Queramos que en el libro, en su edicion, todos los relatos tuvieran el mismo valor: no se jerarquiza por ejemplo el de una que salió y se volvió decana de una universidad, sobre el de otra que vivía en el campo y después de la cárcel volvió a su vida en el campo», dice Silvia Asaro.

Lazos particulares

Lo que la cárcel les dejó es un legado que no achatan ni idealizan: por momentos lo conectan con el padecimiento, pero también con algunas de las cosas “más importantes que aprendimos en la vida” y los lazos particulares (“una segunda familia”) que “los milicos no pudieron romper”, que hasta hoy continúan en forma de afinidades políticas, diversión y proyectos editoriales como éste.

Silvia Asaro: –En la vida en libertad, hemos usado un esquema que aprendimos en la cárcel. Organizar un libro así en plena pandemia es eso. ¿Cómo coordinar la participación de tanta gente de todos los puntos del país? Tenemos experiencia en ser metódicas. No sé si hoy los milicos serán conscientes de cuánto fallaron en impedirnos la conexión. Nos prohibían todo pero igual encontrábamos la forma de comunicarnos de pabellón a pabellón.

Estela: –No importaba de qué partido vinieras, sino las ideas más generales que nos unían. Esa solidaridad, esa idea de grupalidad, es lo que nunca entendieron y siguen sin entender los milicos.

Mis compañeras del secundario me dicen: ‘la relación que tenés con las presas no las tenés con nadie. Por la intensidad de la convivencia que se da”, relata Berta Horen, que cayó en el 75. En su casa había irrumpido la Triple A. Pasó por el Pozo de Banfield, luego, Olmos, finalmente, Devoto. Y sobrevivió, como dice, gracias a la fortaleza y ternura de sus compañeras. En el 82 salió con libertad vigilada. Luego dio las materias de Sociología que le faltaban. Y en el 86 empezó su carrera como docente en la UBA.

La épica 

Quizás algunos de los momentos más potentes de la película Infancia clandestina (Benjamín Avila, 2012) sean las conversaciones que los personajes tienen sobre la disyuntiva de tener hijos o no. ¿La vida personal puede llevarse bien con la actividad política de alto riesgo o la clandestinidad? ¿Traer criaturas al mundo en ese contexto habla de egoísmo o de una apuesta en la que ni asomaba la posibilidad de fracasar?

“La mayoría no dejaba a sus hijos o a otro tipo de proyectos vitales para seguir en esa historia. Si estábamos luchando por una Patria liberada, ¿cómo no íbamos a apostar con lo propio?”, recuerda Estela Cereseto.

–Es algo muy difícil de imaginar desde el presente. ¿No piensan que una de las razones de por qué igual formaban familias es que en esa época no era una posibilidad sino algo que se hacía sin cuestionar?

Estela Cereseto: –Imaginate que yo estuve trabajando en La Guardería (el lugar en La Habana en el que los militantes montoneros dejaban a sus hijos para volver a la Argentina, entre 1980 y 1983). Hoy sigo pensando que era de las cosas más duras. Pero en esa época, el contexto daba para que esas cosas se hicieran.

Isabel Ecker: –Cuba, Argelia, Vietnam. Teníamos incorporado que esa era la forma en la que se resolvía una contradicción entre el Imperio y la Nación. Porque a través de la democracia, sucesivamente, no se había podido.

Berta Horten: –También es cierto que no se ponía en cuestión tener hijos. Si alguna de nosotras no habíamos tenido no era porque no querer, sino por no poder. Es más, al salir, la mayoría tuvo varios.

Maternidades

La única de las cuatro que fue madre antes de la cárcel fue Isabel Ecker. Tenía 23 y era  de la Agrupación Evita, cuando fue detenida, a mediados del 75. Estuvo en Olmos y a finales del 76 fue trasladada a Devoto. Tuvo una causa y fue absuelta. El fiscal que la acusaba, Gustavo Demarchi, había sido de la Concentración Nacional Universitaria, con participación probada en el asesinato de militantes.

Antes de la dictadura era posible convivir con niños dentro del penal, primero, hasta los dos años, luego, sólo hasta los seis meses. No fue el caso de Isabel, porque cuando cayó su hijo tenía casi dos años y quedó a cargo de sus padres. Mientras estaba presa se enteró del secuestro y asesinato de la familia de su compañero (los Baez, cuyos cuerpos aparecieron en Dolores). Su mamá también fue secuestrada, torturada y finalmente liberada. El papá de Isabel, que era austríaco, logró la visa para que ella pudiera viajar en el 80 a Viena, donde pudo reencontrarse con su hijo. Volvió en el 82 para aportar a la caída de la dictadura.

I.E.: –Mi esposo trabajaba en Villa Gesell, venía los fines de semana. Yo estaba con mi hijo todo el tiempo. Me costó tremendamente la separación. Mientras estuve en Olmos, lo vi dos veces. Unos días previos al golpe fue el secuestro de la familia de mi compañero. Desde entonces mis viejos y mi hijo vivieron en la semiclandestinidad. No sabía nada de ellos. Durante ese tiempo se me cayó el pelo, se me cortó la menstruación. Y a Guille lo volví a ver en octubre del 76. En los 5 años que estuve detenida lo habré visto siete veces. Tuve la primera visita de contacto en el 79 porque estaba la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, 15 minutos. Yo lo quería abrazar y no me dejaba. Al salir yo era casi una desconocida para él. Y vivir en Viena con él también. Esos años había sido criado por su abuela, que le daba todos los gustos, como a cualquier nieto pero éste además había sufrido. Y ambos tuvimos que aacostumbrarnos a que de pronto yo era la autoridad.

El machismo en los 70

La generación de los 70 irrumpió en la política, y las mujeres intensificaron como nunca su participación en la vida pública. Esos números se tradujeron después en la población de Devoto y en las listas de desaparecidas. Pensando en esos años, dicen que la mayoría de ellas llevaba adelante prácticas feministas de modo intuitivo. Pero también es cierto que la única que llegó a formar parte de una instancia de conducción nacional fue Norma Arrostito (Montoneros). “En ese tipo de cosas es donde ves cómo se disputaba el poder entonces”, reflexiona Isabel Ecker.

I. E.: –Había un emergente del movimiento de mujeres que pasaba por cosas, en apariencia, superficiales, como la minifalda. Pero en el peronismo teníamos presente la historia de las mujeres de la resistencia. Costó. La Agrupación Evita, rama femenina de Montoneros, casi que fue creada para que ocupáramos de lo doméstico. Pero nosotras la convertimos en una herramienta de lucha.

B. H.: —Muchos de nuestros comportamientos podían ser feministas pero no era una discusión que nos interesara especialmente. A la lucha por la transformación social la veíamos más abarcativa, no hacíamos eje en los derechos de un sector. Una cosa es reconocer particularidades pero otra es pensar que uno solo de esos grupos puede llevar adelante un proceso de transformación para toda la sociedad. 

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